Quiero rendir homenaje a mis camaradas anónimos, coartífices del éxito de esta revolución que se integra en un movimiento revolucionario* de poco más de una década de historia.

Es una revolución a medida de la concreta realidad que revoluciona, como lo es toda revolución eficaz. Las revoluciones no son grandes ni pequeñas, solo hay dos tipos: las que triunfan y las que fracasan. Su éxito depende en gran medida de la exactitud con que se midan las constantes del sistema que se pretende revolucionar. Pero ni cuando fracasan ni cuando triunfan desaparece la fuerza que las mueve. En el primer caso impulsará un nuevo intento y en el segundo mantendrá el impulso del que tuvo éxito. Cuando los diversos niveles o aspectos de una realidad o las distintas realidades revolucionadas o revolucionarias coinciden en el tiempo y el espacio, se producen los grandes cambios de paradigma que alejan a la especie humana de su prehistoria.

Esta revolución nuestra se desarrolla en la realidad de los medios de comunicación. Pertenece a un movimiento que es imparable porque parte de lo que hace posible que esa realidad exista y se desarrolle conceptual y materialmente. Es, de hecho, la evolución natural de esa realidad. Pero debe convertirse en revolución para combatir la involución que la amenaza. En nuestro caso, se centra en los sistemas de “participación del lector” cuyo objetivo es lograr su colaboración activa en ese proceso involutivo. Una colaboración que no consiste tanto en que acepte determinada información u opinión, como en que la valide considerándola como tal, la legitime discutiéndola, la difunda haciéndose eco de ella. Es decir, busca la complicidad del lector para perpetuar la estructura piramidal de los medios de comunicación tradicionales en general y del fenómeno periodístico en particular, para intentar salvar un modelo en crisis. Un modelo que blande desesperadamente su único argumento, el argumento de autoridad*, una falacia.

Actuamos sobre ese modelo mediante un periodismo de acción, sin nombres pero con una identidad propia, tan clara y definida que nos identifica a ojos de nuestros detractores con todo lo que cuestiona o trastorna ese modelo. Esta playa es ya un símbolo. Sus moradores somos ya la personificación de ese símbolo. Para celebrarlo, os dejo tres cosas: Bucky Done Gun*, de M.I.A.* (Maya Arulpragasam*); una nueva imagen de cabecera; y en la arena, al lado del chiringuito, un nuevo espacio contra la censura*. ¡Que siga la fiesta!

_________________________________________________________

_________________________________________________________

Advertisements