No sabemos por qué ocurren las cosas hasta que ocurren las cosas que nos dicen por qué. En la primavera de 2009 levantaron un muro que nos dejó incomunicados. Abrimos una brecha en el muro y descubrimos esta playa*. Sin aquel muro, John Doe Beach no habría aparecido al otro lado. Las magníficas olas de esta playa acabaron convirtiendo el muro en arena. La arena extendió la playa hasta el otro lado del muro que la había hecho aparecer, invadiendo calles y plazas, y desde los despachos insonorizados no pudieron evitar oir el murmullo del oleaje.

En otoño llegó un fuerte viento desde la Roma neofascista del siglo XXI para llevarse la arena y el sonido de las olas. Trajo aviones de papel en blanco*, como la mente que no recuerda qué ha pensado o que olvida que ha pensado. Pero solo logró levantar una tormenta de arena que sepultó los aviones de papel y al pequeño maestro papirofléxico con ellos. Y se oyó la furia de las olas golpeando la estupidez criminal, rompiendo el silencio cómplice.

Una larga y oscura noche de diciembre, levantaron otro muro* mientras dormíamos. Un muro invisible y letal que cercó la playa y la mar, congeló el tiempo, encarceló nuestras palabras en una vitrina acorazada y nos convirtió en forajidos, desterrados de nuestra propia casa. Abrimos esta vez dos brechas y nuestras palabras perfectas han salido por ellas cabalgando sobre aviones de papel que no necesitan para volar más que nuestro aliento, la brisa de esa playa que llevamos ya para siempre dentro.

Os invito a seguir cabalgando sobre la cresta de las olas de continente en continente, a tocar tierra solo para comer, beber, descansar y, por supuesto, para montar fiestas, microfiestas, macrofiestas, fiestas planetarias, siempre revolucionarias. Para empezar os dejo a M.I.A., con sus aviones de papel*. Traed vosotros los temas que queráis.

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